EL IMPARCIAL: Cuánta vida en el cementerio en Tos los Santos!

@JoseMariaCamara

No recuerdo la última vez que pisé este suelo abonado diariamente; no recuerdo nada de la última vez. Solo recuerdo que te acuné entre mis brazos y te introduje en tú morada eterna. No recuerdo la última vez, ¿o sí? Para que engañarnos, si la recuerdo; estaba entero como el enfermo al que le diagnostican una enfermedad innombrable. Sin embargo, esta última vez me rompí, tan solo pude abrir la puerta y leer una frase: TE QUIERO, ABUELA. Mi rostro fue mar, fue mar como el del enfermo al que, sin esperarlo, le dicen que ya no hay rastro de la enfermedad maldita. ¡Qué momento! ¿Verdad, Juan?

Aparqué mi coche y de nuevo volví a cruzar el arco del olvido, de la amargura y de la eterna espera. Debo reconocerles que no sabía si iba a ser capaz de afrontarlo. 9 meses sin el brillo de mis días y el platito de arroz ardiendo de cada mediodía. Sin embargo, había que pasar por ese mal trago, total, se acerca el Día de todos los Santos y, aunque mi Juana escupía odio contra las flores y las visitas al cementerio, allá que me fui a contradecirla, como otras tantas veces. Abrí la puerta, la miré a los ojos y el resto se queda para ella y para mí.

Cuando terminé de contarle tantas y tantas cosas de su familia y de mí, me dispuse a buscar a Pepe Paco ¡el tío tiene una choza que ni en vida! – Qué pronto se fue, 23 años tenía-. Cuando terminé de hablarle de nosotros, sus amigos, me dispuse a regresar al coche, pero entonces caí en que el cementerio, por muy duro que sea, tiene unas cosas que en ningún lugar vas a encontrar y, si encima subes por estas fechas, aquello parece una romería. ¡Venga gente parriba y gente pabajo! Y venga cubos de fregar y escobas, y venga flores y venga el remolque del enterraor de un lado a otro. Cuántas cosas ¿verdad? Es que se acerca el Día de Todos los Santos. Es lo normal.

Me gusta el cementerio en estos días. Me gusta porque en sus calles silenciosas se despliega toda una manifestación de un algo que no sé explicar. No sé si la gente sube por ¿tradición?, por ¿recuerdo?, por que añora o porque es lo que toca. Yo no lo sé, pero lo que sí sé es que mientras volvía a mi coche me detuve en cada uno de los momentos que me encontraba a mi lado. Había Santos Cristos por doquier, todos igualicos y hechos por Yuste Navarro que, como le dije: ya podría jubilarse haciendo Santos Cristo, ¡hasta cuatro me encontré en apenas 10 metros! Había maceteros de margaritas moradas en la tumba de los Moxó, había una señora mayor pidiendo ayuda al enterrador porque la persiana se le había quedado atrancada y ella era muy menuda como para llegar tan alto; había una señora en un panteón de la calle principal pintando de nuevo su trozo de cielo, era de blanco, como las nubes que jalonaban el cielo aquella mañana de hace unos días. También me encontré unos ‘’extranjeros’’, quizás valencianos, que, sin tener ni idea de donde descansaban sus seres queridos, caminaban en parejas por el cementerio hablando y comentando lo grande que era esto – señores, que somos 30.000 ciezanos y todos los que se fueron-; también estaba el sacristán de San José Obrero vendiendo cosicas para poder pagar las obras de reforma de la iglesia y, como no podía ser de otra manera, estaba el Medinaceli sacando dinero con su puesto de velas y detalles del Señor del Convento para mis caprichos e idas de cabeza varias. ¡No sé cómo me aguantan tanto!

En definitiva, el cementerio es un lugar para el olvido, para el dolor, la amargura y la pena, pero, de vez en cuando, también es un lugar lo más parecido a la Plaza de España.

Os espero en quince días. Mientras sigo observando la vida.

José María Cámara Salmerón

Cofrade y Soñador

17/5/13

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