@JoseMariaCamara
Han pasado meses. Han pasado años. Han pasado semanas. Han pasado minutos y segundos. Han pasado cosas.
La última vez que escribí para ustedes, la verdad es que ni me acuerdo.
A veces es necesario parar y ser conscientes de que la mecha se ha consumido. Sentí un vacío creativo y sentí que era una absoluta tontería seguir haciéndoles perder el tiempo con mis escritos, que ni fu ni fa. Había que parar. La vida así me lo requería y así lo hice. En estos tiempos de ausencia, sentí vuestro cariño y vuestras añoranzas, ya fuera directamente a mi persona o a través de gente cercana a mí. Gracias por añorarme, pero estoy de vuelta y, como diría Martínez Ares en su histórica comparsa El Perro Andaluz: «¡Vengo que muerdo, Dios, vengo que muerdo! Si piensas como yo, dame tu mano; subamos hasta el filo de los sueños, que oigan cómo les gritamos: ¡Hermano, ladran, luego cabalgamos!».
Te invito a que me des la mano, me acompañes cada cierto tiempo —espero que sea cada quince días— y juntos volvamos a hablar de la vida, de los sueños, de las cosas bonitas y de nuestra amada Cieza.
El otro día, mientras estaba en Londres o en Burgos —no lo recuerdo bien—, leí en X a una muchacha que escribía, de manera muy poética, sobre los últimos días del verano. @angelagarcia92, la muchacha en cuestión, citaba a su vez al escritor Manuel Vilas —¡lean su obra Ordesa!—, quien escribía: «Cuando declina agosto, el verano queda herido de muerte: las tardes se acortan, el aire fresco busca la piel y el primer soplo de otoño nos avisa de que no solo se acaba el sol, sino también un tiempo de nuestra vida». Bonito, ¿verdad? Directo, sin andamiajes y sin más armas que la palabra directa a las emociones. Manuel le pone palabras a lo que muchos sentimos cuando el verano ya comienza a despedirse, pero el final del verano, al menos en las hojas del calendario, también ha supuesto para muchos un alivio absoluto. Unos tendrán la famosa morriña gallega; otros estaremos emocionados de ver cómo el calor se va haciendo a un lado, cómo las hojas de los chopos comienzan a amarillear, como los puestos del mercado ya tienen jíngoles y cómo las mantitas de la cama, cada noche, empiezan a revolotear sobre nuestros cuerpos.
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