Tengo un escritorio. En ese escritorio hay un hueco donde está la torre del ordenador. Encima, una estantería pequeñita con una libreta donde apunto aquellas frases que, tras leerlas una primera vez, creo que merecen ser guardadas, para, de vez en cuando, sacarlas del olvido. En una página de esa libretita, un día cualquiera escribí: ‘’A Dios se puede llegar; a lo más elevado, se puede llegar a través de lo más material, a través de las emociones humanas más apasionadas. Ese es el corazón del Barroco’’ firma el periodista Jorge Bustos. ¿Acaso no hay emociones desbordadas en la tarde por excelencia del ciezano?¿Acaso mirando a Nuestro Señor, escultura eterna e inmemorial, no encontramos lo más elevado a lo que hace referencia Bustos? Sí, y mil veces sí. Nosotros sabemos que por Él vamos a la eternidad de los tiempos y por Él nuestras tormentas se vuelven primaveras sempiternas y calmas indiscutibles.
Mañana de ramos. Mañana bella. Cristo entre nosotros y la ilusión de una nueva Semana Santa en la mirada de los niños. Palmas y olivos. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! El Paseo a sus pies y Cieza cual Jerusalén.
Cuando la Tierra todavía estaba sumida en la oscuridad, la Junta de Hermandades Pasionarias y el Ayuntamiento de Cieza se dieron la mano para realizar unos programas temáticos sobre la Semana Santa. En uno de esos programas, el invitado era D. Rafael Salmerón Pinar, pregonero de la Semana Santa de Cieza 2025. Durante su alocución, dejó registrada una frase con la que me quedé y que, perfectamente, podría ser la síntesis perfecta de lo que es el Domingo de Ramos en Cieza. La frase decía algo así como: » Hasta que la Burrica no llega a la Esquina del Convento, la Primavera no llega a Cieza». ¡Qué manera tan poética de hablarnos de ese altar efímero que es el trono, jalonado de flores por doquier gracias al trabajo de Arteflor, sobre el que se eleva el grupo escultórico del Maestro Carrillo y el momento exacto en el que repican las campanas del Convento y la Burrica entra triunfante al Paseo desde San Sebastián. De las calles sombrías a la luz radiante del corazón ciezano! Pura poesía.
Las campanas de la Basílica casi marcaban la una del mediodía. Una señora mayor, a la cual no tengo el placer de conocer, se acercaba a mí y me comentaba: tengo unas palabras que mi tía me decía cada noche antes de dormir. Decían así: ‘’Nuestro Padre Jesús, Rey de la Gloria. En estando contigo todo me sobra’’. En esas trece palabras reside el perfecto resumen de lo que hoy ha sido la tercera edición de la Procesión de Cristo Rey de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Hacer hermandad y caridad llevando al Nazareno a las casas de quienes más lo necesitan. Arropar al enfermo y mostrarle el rostro de Cristo. Fin primigenio de las cofradías y hermandades. Única razón de su razón de ser. El Nazareno nos lo recuerda cada penúltimo domingo de noviembre.
Si algo nos llevaremos de este octubre de nuestras vidas que se va, será, sin lugar a dudas, la Esperanza en nuestras calles. Octubre nos regaló un primer fin de semana para la historia de Cieza, su Semana Santa y sus cofradías. La salida extraordinaria de los Hijos de María junto a su Madre nos regaló un 4 de octubre inolvidable para todos aquellos que contamos los años de Jueves Santo en Jueves Santo. En la mente de todos quedará esa magnífica petalada en la casa fundacional de la cofradía o su procesionar, pausado, sin prisas, sin estridencias, por las estrecheces de la Calle Larga o Buitragos, plena de saber andar y de ciezania. En fin, el 4 de octubre quedó para el recuerdo, pero el 5 de octubre marcó nuestras vidas a unos pocos privilegiados. La Misa de Alba de este 50 aniversario nos llenó ya no solo el espíritu cofrade, sino también el alma más profunda de todos aquellos que tenemos claro que »A Jesús por María».
La RAE define el término extraordinario de la siguiente manera: ‘’ Fuera del orden o regla natural o común’’. Y eso fue, ni más ni menos, lo que ayer en Cieza vivimos, algo fuera de lo común. Una simbiosis perfecta entre cualquier Jueves Santo de nuestras vidas y un 4 de octubre que, indudablemente, quedará para el recuerdo de todos aquellos que se sienten Hijos de María.
Fue un sábado de octubre de hace 11 años cuando, incluida en la magna procesión organizada por la Junta de Hermandades Pasionarias, Nuestra Señora de Gracia y Esperanza salía a las calles de Cieza bajo un cielo de estrellas y vestida con lo más especial de la huerta murciana. En aquel día todos celebrábamos el centenario de la entidad madre de la Semana Santa de Cieza, la Junta de Hermandades Pasionarias. Ayer, once otoños después, volvió a reinar la Esperanza en las calles de Cieza, pero reinó para celebrar los cincuenta años de su hermandad, que no de Ella, porque, mientras la vida caminaba por otros derroteros, Ella era ya la eterna novicia del Monasterio de la Inmaculada Concepción, las Clarisas. Fue en esa santa casa donde, en sus cámaras altas, esperaba la visita que cambiaría su destino. Del Rosario y la clausura, a las calles, la devoción y el amor más excelso que se le puede tener a una madre. Ramón García, Jesús Hernández, Francisco Moisés López, Manuel Eloy-Semitiel, Juan Villalba, Inmaculada Guirao, Francisco Hernández, Juan Antonio Angostos, Manolo Abellán, Antoñina Ortiz, Diego Guardiola y los hermanos Paco Marín y Enrique Marín, entre otros, cambiaron para siempre el destino de aquella Virgen del Rosario que ejecutó Manuel Carrillo García en 1930, pero lo que no sabían es que también cambiaron para siempre la vida de tantas y tantas personas que en Nuestra Señora de Gracia y Esperanza han encontrado, como publicó Isa Villalba en su Instagram,’’ el ancla del alma’’.
Cada uno tiene sus propios motivos. Nadie los conoce. Solo la persona que los vive sabe los porqués, pero la realidad nos dice que todos tenemos algo en común. Todos encontramos un vínculo con esta mañana de excelencia para los ciezanos. Todos, absolutamente todos, caminamos para encontrarnos junto a Ella, la Santísima Virgen del Buen Suceso Coronada, patrona de Cieza.
Mira si hay mañanas de domingo a lo largo del año que no soy capaz de contarlas, ni tampoco creo que haga falta. Es evidente que en Cieza hay pocas mañanas tan nuestras como la de la Romería de nuestra patrona, quizás solo comparable con la de Domingo de Ramos.
Son las 06:35 de la mañana. Pegas un salto en la cama. En tus adormilados sentidos el estallido de un cohete te hace levantar de la cama. Tras ese primero, vendrán otros tantos hasta que las campanas de la Basílica anuncien las 7:00. Primero, alboroto en la pirotécnica, luego, calma. Silencio. Espera. Todo aguarda al crepúsculo. Con las primeras luces de la mañana, nuestra Madre ha besado el alba, se ha vestido con los primeros rayos de sol y se ha dispuesto para regresar a su Ermita de la Atalaya bajo un arco efímero en tonos anaranjados, realizado a base de rosas, claveles y margaritas. Antes de ese primer beso al alba, los caminos de la Atalaya y el Puente de Hierro ya eran un reguero de ciezanos. Cada uno a su ritmo, pero todos con un punto en común, Ella.