SOBREVIVIR IV: MORIR

@JoseMariaCamara

Desde que el COVID 19 llegó a nuestra sociedad he intentado aislar a mi mente de todo lo que nos rodea. No sé que miedo tengo, pero si sé que si escucho hablar de médicos y hospitales mi cuerpo hiperventila y me desmayo. No es un cuento lo que les cuento, es la realidad que vivo cada vez que cerca de mi hablan de operaciones, sangre o médicos. Estos días lo estoy pasando mal. Cuando llega la hora de comer siempre intento que la televisión no esté en plenas noticias. Muertos, hospitales, contagios, virus, vacunas y otra gran cantidad de palabras ocupan los minutos del prime time. Cada día el discurso es el mismo, y así llevamos casi un mes. Está siendo un mes duro, hay muchos factores que me entristecen y me asustan. Por primera vez en mi vida he tenido miedo real de la muerte, he sentido que, quizás, podía ser yo uno más de la gran cantidad de personas que han dejado este mundo. Si, tengo 27 años, pero también tengo derecho a preocuparme por si mi momento llega antes de lo esperado. El miedo a contagiarme copaba los primeros días de confinamiento; realmente hice un ejercicio de desconexión mental para no preocuparme, pero les puedo asegurar que en mis 27 años, casi 28 ya, ha sido la primera vez en mi vida donde realmente me he parado a pensar y valorar la fugacidad de la vida. Entiendo, y me obligo a entender, que aquí nadie se va a quedar, yo se lo digo a mi abuela que tiene 91 años, ella – pa’ comérsela- dice que no quiere morirse, pero realmente es el final del camino. Como cristiano lo afronto desde una perspectiva distinta, pero realmente sé que llegará el día, pero no quiero que ese día llegue pronto. No quiero despedirme como se ha despedido gente cercana a mi, y que no han llegado a la treintena, algunos ni a los veinticinco.

La muerte asusta, no les voy a engañar, me asusta mucho el morir de una larga enfermedad o morir como se está muriendo ahora la gente en los hospitales. Me asusta el COVID 19. ¡Me asusta!, y me asusta que los míos puedan partir antes de tiempo. Me atemoriza que mi abuela pueda fenecer en este contexto, me atemoriza la muerte, pero también me obligo a sobrevivir, que no vivir.

Sobrevivir es una obligación, sobrevivir debe ser el pensamiento clave para cada mañana despertarme y ponerme en marcha. No les voy a engañar, aunque parezca un chiste, si les digo que me siento un soldado de la Segunda Guerra Mundial. Sé que estoy en la batalla, que me han dado mi armamento y me han soltado en el campo de batalla. Sé que tengo un enemigo que combatir, pero no sé por donde viene, ni donde está, ni cuando podrá atacar, y lo que es más complicado, no sé como puedo acabar con él. Por todo lo anteriormente dicho, me siento en la obligación de sobrevivir, hacer caso y resistir. Quiero resistir, quiero que acabe todo y sentirme un ganador. Quiero volver a la calle, quiero volver a ver a mi abuela sin miedo a besarla, quiero volver a ver a mi novia y contarle todo lo que la he echado de menos estos largos días.

Quiero, quiero, quiero, quiero muchas cosas, pero sobre todo, quiero sobrevivir. Quiero que cuando todo pase suenen esas grandes composiciones cinematográficas de Jhon Williams y que todos los de mi alrededor podamos decir que ha tenido un final feliz.

Quiero sobrevivir, no quiero irme, no quiero irme justo ahora que remonto el vuelo y las cosas me van medianamente bien. Miro al futuro con perspectiva, miro al futuro y al lado escribo proyectos en letras un poco difuminadas, pero claras. Quiero quedarme.

Cuando mañana me vuelva a levantar no viviré, sobreviviré. Viviré cuando haya ganado esta guerra y no tenga que robarle a mi abuela un beso en su mejilla.

Sobreviviré.

José María Cámara Salmerón

Cofrade y Soñador

17/5/13

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