@JoseMariaCamara
No hay septiembre en Cieza sin romería, y no hay romería sin septiembre en Cieza. No hay más. Es tan simple como ver la devoción de la mujer que, sorda, se mete entre las varas del trono, aún sin colocar dentro de su ermita para, en un acto de devoción, hacerse huracán devocional y ponerle cuatro velitas blancas, de las de toda la vida y, acto seguido, dar las gracias, mirar a la Virgen y persignarse. Todo es tan simple como esa mirada, ese acto de fe y ese agradecimiento, pero en Cieza lo simple se convierte en magnánimo cuando el alba estalla en pólvora que anuncia una nueva Romería; no importa si cae en el tercer domingo de septiembre, como venía celebrándose en los últimos años, o en el cuarto, como se ha hecho este año. No hay razón que lo explique más que lo que el corazón de cada ciezano escribe en renglones rectos cuando toca caminar al alba para ir al encuentro de la del ‘’centro maternal’’.
Septiembre de romería, de pólvora, de misa al alba, de repique de campanas en la Atalaya, de familias caminando tras la Madre, de flores, arco y Buen Suceso. Septiembre de preparar la mochila para subir al monte con la Virgen del Buen Suceso Coronada, cantarle su himno o simplemente extender la devoción, de generación en generación, a quien cada día de nuestras vidas nos protege desde el joyero de la Atalaya que es su diminuta, aunque gigante, en lo devocional, ermita del Collado de la Atalaya, ahí donde la Cruz nos hace reflexionar sobre el devenir de los días.
Hace poco, Bartolomé Marcos, nos decía en la entrevista que nos concedió algo así como que el discurso, si tiene muchas florituras, es capaz de tapar el verdadero significado de la palabra; pues bien, con la Virgen del Buen Suceso Coronada ocurre lo contrario, puesto que, pese a su grandilocuente arco, realizado este año en tonos amarillos a base de margaritas, margaritas pimpon, rosas, lisianthus y solidago, lo que prevalece es Ella y solo Ella, con permiso de los recuerdos, vivencias, emociones y lágrimas que cada uno de los ciezanos, los que pueden acompañarla hasta la Atalaya, y los que no, tienen de cuando la acompañaban con su abuela o sus padres. Hoy esas abuelas, ya de luto y cogidas del brazo de sus nietos, solo consiguen subir, a duras penas, la cuesta de la Ermita. No habiendo mayor recompensa que tenerle frente a frente y, junto a su nieto, lanzarle un beso, quizás el último.











