@JoseMariaCamara
Muchas veces he leído, o escuchado, esa frase tan típica en el mundo de la escritura que hace referencia al pavor que los escritores tenemos a enfrentarnos al folio en blanco; es decir, saber qué quieres expresar, pero no saber cómo hacerlo. Por un motivo u otro. A mí me ha pasado pocas veces y, cuando me ha pasado, generalmente ha sido porque escribo de alguien a quien admiro o quiero mucho, como por ejemplo la crónica del Pregón de la Semana Santa de Cieza 2025 y como lo es ahora, cuando, ante este folio digital en blanco, me planto para escribirle unas líneas a la mujer de mi vida, con permiso de mi abuela, que está en el cielo, y de mi novia, Ana. Hablo de mi madre. Mi señora madre. La Seño Puri.
Los que me conocen saben que soy un gran melómano. Cuando cada día suena mi despertador, primero abro los ojos y, acto seguido, pongo música para despertarme. En mis listas de Spotify hay un pasodoble que Roque Baños compuso y que lleva por título «A mi madre». Y a mí me pareció bien apropiarme de dicho título para poder, al menos, tener un título para el artículo que nos ocupa, pues puedo asegurarles que han sido tres meses pensando en cómo enfocar el artículo y cómo hacerlo realidad. Una vez tenía esa primera parte del título, me acordé de que a mi madre siempre la saludaban sus alumnos, fuere donde fuere, con la misma frase:¡Seño Puri! Y ahí encontré el título completo y la raíz del artículo que me ocupa: primero hablarles de quién es mi madre, la Seño Puri y , segundo, hablarte directamente a ti, mamá.
Verano significa, en los últimos tiempos, presumir de cuerpo, de destinos de viajes, de ropa, de moreno y de cuentas de restaurantes. Todos y todas presumen de algo, pero yo siempre he preferido presumir de alguien y no de algo. Antes presumía de ser el nieto de la Juana —en mi bio de X así me presento—, pero ahora, con más ahínco que antes, presumo de ambas cosas, pero especialmente de ser el hijo de la Seño Puri.
Los que nos dedicamos a la docencia —yo lo hago por ti, mamá— sabemos que en las aulas hay docentes extraordinarios; docentes que levantan verdaderas pasiones en sus alumnos y que, pese al trasiego de los años, siempre son recordados por los que un día ocuparon los pupitres de sus aulas. Y luego están los que yo considero ídolos. Son la suma de todo lo anterior. Levantan pasiones, nunca los olvidas y tienen un magisterio, en toda la amplitud de la palabra, impoluto. Y mi madre, no porque sea mi madre, que también, ha sido ídolo de muchos niños y niñas que han salido, en cinco años, llorando a mares por no volver a ver a la Seño Puri.
Mi madre heredó de mi abuela el tacto, la fuerza, el liderazgo, la delicadeza, la entrega, el cariño y la empatía. Todas esas cualidades han sido sus banderas durante sus treinta y cinco años de servicio, como las treinta y cinco rosas que le regalaron el último día de su vida laboral. Mi madre es mi madre y, para mí, es la mejor, pero les puedo asegurar que no he visto nunca una mujer con las ideas tan claras en lo personal y en lo profesional. Cuando tuvo que ser valiente, lo fue. Fíjense que, estando yo aún en su barriga, se cogió el Panda y se fue a trabajar a La Palma; cogió la Biblia mientras estaban las listas congeladas y luchó, luchó y siguió luchando hasta que le quitó toda la razón a aquella monja que, como se comprobó, rezando sería la repera, pero como futuróloga y orientadora laboral era un auténtico cero a la izquierda.
La Puri, como la llama su querida Kika, ha sido una mujer de las que sentaba cátedra en cada clase que daba. Ella conseguía centrar la atención de los niños como si cada clase fuera una eterna amanecida de Reyes. Nunca alzaba la voz, nunca tenía un mal gesto, pero siempre sabía cómo hacer magia para convertir su clase casi en una clase invisible y eso, en Infantil, es casi quimérico. Bien lo sabemos los que nos dedicamos a este maravilloso mundo de la docencia.
Mi madre, como otras tantas madres y mujeres, fue una valiente a la hora de luchar para llevar el pan de cada día a su casa. Se fue a Águilas dos años seguidos y se separó de sus hijos para poder darles lo que merecían: lo mejor. Se dejó su querida Estación de Blanca y sus queridas Marisol, María José, Ica, Valentín, Pascual, Inma y Nati para, primero, poder cuidar de mi abuelo, el Soperete, y, segundo, terminar su vida laboral en su tierra amada; aquella que tantas veces se arrepintió de haber tenido que abandonar por amor.
Beniel, Santomera, Águilas, La Alberca, Macisvenda, La Palma de Cartagena, la Estación de Blanca y, su meta dorada, Cieza, vieron cómo aquella mujer de pelo cobrizo y rostro aniñado, como ahora, conseguía ganarse, uno a uno, a todos los alumnos y compañeros que tenía allá a donde iba. Era una verdadera maestra de la docencia y de la sapiencia. Nunca buscó metodologías innovadoras, de esas que ahora copan los perfiles de las instagramers educativas; no buscó contentar a nadie, pues nunca se plegó ante nadie ni nunca renunció a sus principios; y nunca buscó ser más que nadie. Como ella me decía hace tan solo unos meses: «Siempre quise pasar desapercibida allá por donde fui». Lo siento, mamá, no lo conseguiste. Tu recuerdo permanece inherente a cada centro, cada aula, cada niño y niña, cada sala de profesores y cada pueblo que pisaste con esa elegancia innata que te caracteriza. No buscaste más que dar amor, cariño y mucha, mucha empatía a tus alumnos. Y ahora, cuando ya has llegado a tu Ítaca particular, y que tan bien poetizó Cavafis, podemos decir que has atracado en la isla enriquecida, sobradamente, de cuanto adquiriste en el largo camino de la docencia y que, con creces, has cumplido con la misión que un día te encomendó la Consejería de Educación de la Región de Murcia. Educar hasta el último día de tu vida laboral a todos aquellos niños y niñas que en manos de la Seño Puri ponían sus futuros, sus sueños y sus vidas.
Ahora quisiera despedirme dándote las gracias por todo lo que has hecho por nosotros. Tu familia. Las aulas pierden una auténtica docente, como bien he señalado antes, pero nosotros ganamos una leyenda para nuestra familia. Siéntete orgullosa de todo lo que has soñado y luchado por nosotros. Somos lo que somos porque un día decidiste ser nuestra madre, nuestro faro, nuestra guía y, en mi caso, el espejo en el que mirarme cada mañana. Tú lo dices habitualmente: «La primera suerte se tiene al nacer, cuando te toca una u otra familia». Y yo no puedo estar más orgulloso de haber nacido de tu vientre para, de tu mano, haber recorrido todos y cada uno de los centros por los que tú también has pasado. Entre esos pupitres se fue formando, poco a poco, el docente que algún día espera ser el uno por ciento de lo que tú has sido.
Te toca vivir, disfrutar, descansar, cuidarte y rediseñar cada rincón de nuestra casa una y mil veces. Ojalá que el Santo Cristo del Consuelo, aquel que tantas veces hemos visitado juntos, te recompense por todo lo bueno que has dado a la sociedad como educadora. Que tu energía nunca nos falte, que tu empuje siempre sea el viento que mueva las velas de nuestras vidas y que tus ganas de reír, bailar, viajar y disfrutar nunca se apaguen. Tus hijos y tu marido estaremos vigilantes para que la Seño Puri siga siendo la mejor maestra del mundo, pero ahora ya no ocuparás más aulas públicas. Ahora te tendremos en
exclusiva para coger nuestra silla, nuestra mesa circular de Infantil y acudir, día tras día, a la escuela de nuestras vidas; aquella en la que solo tú nos enseñarás a ser buenos profesionales y, sobre todo, buenas personas.
Gracias, mamá.
Mi mayor orgullo es ser tu hijo.
En el cielo, la abuela Juana y el Soperete están muy orgullosos de su predilecta.
Un beso
Jose María Cámara Salmerón
Cofrade y Soñador
17/5/13