FOTOGRAFÍA: ALMACÉN. EL LUGAR DE LOS INVISIBLES

@JoseMariaCamara

Desde mediados de mayo de 2019 hasta el 19 de enero de 2020, y con ampliación de fecha incluida, el Museo Nacional de Escultura organizó la exposición »ALMACÉN. EL LUGAR DE LOS INVISIBLES». Una exposición que, bajo el comisariado de María Bolaños, pretendió mostrar a los visitantes  un pequeño porcentaje de todas las obras que guarda el museo en sus fondos.  En total 300 obras que oscilan entre la Edad Media y el siglo XVIII.

La muestra, con un amplio respaldo del gran público, con un total de 42.026 visitas, la más visitada desde la reapertura del centro en 2009, nos dio la oportunidad de conocer trescientas obras que, de manera habitual no están expuestas al gran público. Así, en esta muestra pudimos observar obras de grandes maestros como Bahamonde, Juan de Juni, Pompeyo Leoni, Montes de Oca o el gran maestro murciano, Francisco Salzillo.

»Un paisaje, como un bosque por el que el visitante puede pasear para ir descubriendo un magnífico conjunto de obras pertenecientes a los fondos que se guardan en el almacén del museo, algunas nunca presentadas en público» Así es como el Museo Nacional de Escultura describe a esta gran exposición; la misma se organizó en torno a nueve apartados en los cuales, dependiendo de la estancia, podíamos ver partes traseras, fragmentos de obra o retablos, altorrelieves, estructuras internas, como es el caso del San Félix de Valois de Salzillo, ángeles colgando del techo, imágenes con huellas de hacha e incluso calcinadas parcialmente. 

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Sin lugar a dudas destacar de la exposición el apartado conocido como CORAL, donde, dispuestas sobre cinco gradas, hasta un total de 28 imágenes quedaban expuestas de manera escalonada, dejando apenas unos centímetros entre unas y otras, lo que dificultaba el análisis detenido de una determinad imagen pero que, por el contrario, resaltaba la espectacularidad de aglutinar tantas obras en un mismo espacio. CORAL es quizás la imagen que mas se ha repetido en tanto en cuanto a la difusión de esta exposición.

Por otro lado, también destacar el apartado REVERSO; apartado que nos permitió ver el reverso, como bien dice el titulo de la sala expositiva, de las obras sacras. Dejando interesantes detalles como, por ejemplo, un grafitti en la peana de un relicario del siglo diecisiete o la etiqueta del lugar de procedencia de la obra.

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Por último, destacar la más que interesante exposición de algunas fichas del inventario que se realiza en el Museo cuando llega una obra. Interesante por ver como son manuscritas, sus partes y los errores que se cometen en tanto en cuanto a algunas atribuciones que el tiempo se ha encargado de desmontar.

Como no podía ser de otra forma no puedo cerrar esta entrada sin hacer mención a la que, por cariño y relación con mi tierra, fue la obra que más tiempo me ocupó. Por supuesto no puedo estar hablando de otra obra que no sea el San Félix de Valois del Maestro Salzillo, aunque en la exposición ponga atribuido. Estoy seguro que todos los murcianos que fuimos a ver la exposición fuimos, en gran parte, por ver este San Félix. San Félix que, a poco de saber algo de la obra de Salzillo, rápidamente emparentamos con el San Antón de Murcia, obra con la que tiene grandes similitudes, principalmente en la grafía de la barba. El Licenciado en Bellas Artes y especialista en Conservación y Restauración de Bienes Culturales, Juan Antonio Fernández Labaña, dice sobre este San Félix:

‘Efectivamente nos encontramos ante una obra de Francisco Salzillo, por lo que la atribución es más que acertada; al magistral modelado del rostro, a la elaborada forma sus orejas, a la calidad y personal movimiento de la barba, a las grafías presentes en ella y en el cabello del Santo, a la tipología y colocación de los ojos de cristal, o al desbastado que presenta lo que aún queda de busto original me remito. Aunque no se trata de una escultura íntegra -y no porque a esta obra le falte la mitad inferior-, sino porque de la escultura original solo quedan el busto y las manos. Encontrándonos ante una obra adulterada, a la que, en un momento dado, le cambiaron el cuerpo, los brazos y los antebrazos, conservando los elementos más valiosos; es decir, la cabeza y las manos, que fueron acopladas a un nuevo torso.Y es que estamos ante una pieza que debió de pasar al mercado del arte muy probablemente tras la desamortización de los conventos (a partir de 1835), acabando en manos de un coleccionista privado (Juan Antonio Güell) a principios del siglo XX»

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Que disfruten del reportaje fotográfico.

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José María Cámara Salmerón

Cofrade y Soñador

17/5/13

 

 

 

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