CIEZA, HOY: EL JAZMÍN DE LA CALLE MESONES

@JoseMariaCamara

Crecí entre jazmines, un patio lleno de gatos y una mesa de playa destartalada que nos hacía las veces de mesa para comer gusanitos cuando en septiembre celebrábamos el cumpleaños de Abel. Crecí cruzando ese gran pasillo donde Juan y Pilar caminaban despacio guiados por sus gafas de culo vaso. Mis últimos estirones en esa casa los recuerdo cerca de una tortuguita, que, al morir sus dueños, pasó a ser  de la Puri. Aquella casa de jazmines hoy está muriéndose. La Calle Mesones no volverá a ser lo mismo sin la casa de Pilar

Hace un año escribía sobre la Casa de la Lola, una gran casa en la que sentía la ilusión por, algún año, recoger El Anda de manos de Vicente. Esa casa ha sido uno de los recuerdos más bonitos que la Calle Mesones me ha regalado. Hoy ya no existe. En el mismo terreno comienzan a levantarse las vigas de una nueva casa que está llamada a ser el nuevo mundo de sueños e ilusiones de otra familia diferente a la de la Lola. Hoy, unos meses después del comienzo de su construcción, cuando paso por delante de ella, me quedo ensimismado como si todavía estuviera el pequeño balcón del salón y las ventanas de su, imagino, gran almacén inferior. Hoy todo es recuerdo.

Si la Casa de la Lola es ya un simple recuerdo en mi memoria, pronto lo será otra parte de mí que estos días está viendo como por sus paredes entran desconocidos para romper en mil pedazos cada uno de los entresijos de su alma. La Calle Mesones ya no volverá a ser lo mismo sin esa casa que, ubicada entre la tintorera y el bloque de pisos de nueva construcción, permanecía ahí resignada al destino que estos meses le ha llegado.

La Casa de Pilar es el último vestigio, con permiso de la Casa de la Familia Chicha, que nos recuerda tiempos pasados donde los mesoneros saciaban la sed y el sueño de los viajeros y donde los carros subían a la plaza para que los herreros arreglaran cualquier contratiempo surgido a lo largo del viaje.

La Casa de Pilar fue para mí casi como mi segunda casa cuando venía a Cieza. Su cercanía con la casa de mi abuela, la Juana, ubicada en la Plaza de los Carros, y la amistad que une a mi familia con la antigua familia propietaria de la misma, hacen que esa casa hoy suponga para mí una llamada al recuerdo cada vez que ahora, cuando ya están comenzando a derribarla, paso ante su puerta y me quedo ensimismado viendo el jazmín del patio interior que tan feliz me hizo. La  Casa de Pilar hoy está llena de polvo, ladrillos y andamios que anuncian el final de su historia, y por ende de mis recuerdos.

Cuando la Casa de Pilar caiga en mil pedazos, se habrá acabado una parte importante de mi vida, la de mi niñez, pero también una parte de la historia de Cieza. Una Cieza que está viendo como en los últimos años sus calles están comenzando a cambiar y en ellas los obreros construyen la nueva Cieza. Edificios de nueva construcción vendrán para hacer de nuestra Cieza una Cieza más cosmopolita y actualizada a nuevas tendencias urbanísticas y nuevas formas de vida.

La puerta está abierta, al fondo se ve el patio interior con el jazmín resistiendo al abandono y al paso de los años; en la fachada todavía resiste subida la persiana del salón, aquel salón con la pared cubierta de color tierra y su mesa en el centro que solo vive en el recuerdo de los que la conocimos.

La Casa de Pilar pronto caerá en mil pedazos, pero mientras intento recordar desde la acera cuan feliz fui corriendo por su pasillo y su patio. Es el destino, es el cambio de tendencias, es, al fin y al cabo, nacer para morir. Como la vida misma.

Os espero en quince días, mientras sigo observando la vida.

José María Cámara Salmerón

Cofrade y Soñador

17/5/13

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