SOBREVIVIR VI: LOS BESOS QUE TE HE ROBADO

@JoseMariaCamara

No distingo horas, días, segundos o meses. No diferencio un día de otro. No espero nada con más entusiasmo que el propio de vivir, pero realmente si que hay una razón por la que vivir, descontar horas al día y días a la semana. Los miércoles por la mañana.

Podría ser considerado un temerario en estos tiempos de cautela. Podría ser un loco, e incluso un asesino, pero no soy más que un nieto enamorado de los besos de su abuela.

Mi abuela, la Juana, tiene 91 años. Desde que mi abuelo falleció vive sola, no porque yo quiera, sino porque ella no permite que nadie la acompañe, ni siquiera para dormir, pues dice que si muere de noche quiere morir sola, no quiere que me quede con ese recuerdo; y ella, lo que no sabe, es que lo que yo más quiero es que ella se despedida de este mundo a mi lado, no en una cama de hospital, sino en su casa, aunque quizás pida mucho, pero yo, por pedir, que no quede.

Los miércoles soy un nieto que sale de su caverna platónica – ay Platón y tu mito de la caverna, ¡ cuanta vigencia está cobrando en pleno S.XXI- para ir a ver a su abuela. Salgo con la escusa de que tengo que ir a comprarle el pan, que de escusa tiene bien poco, puesto que todas las semanas con bicho,  o sin bicho, le compro el pan de la Josefica, porque ella es tradicional y si siempre lo ha comprado ahí, ahora no va a ser menos. Y la verdad es que a mi me encanta porque sus trabajadoras me caen de cine. Lola, con fama de arisca, es todo cachondeo y amabilidad, y las Joses se tienen el cielo ganado por cariñosas, atentas y amables. Si leéis esto sabréis que echo mucho de menos no veros con más frecuencia. Como iba diciendo, que me desvío, los miércoles son el salvoconducto a mi vida. Los miércoles son el flotador que me tiro en este inmenso mar que nos ahoga como sociedad, e incluso como personas. 

Los miércoles son el día y el momento que más añoro de la semana, pese a que me da miedo salir, porque me da miedo el bicho este, los hospitales y la muerte, como supongo que ya habrán leído en el artículo anterior, salgo para comprarle el pan a mi abuela, bueno, el pan, las galletas, el chocolate, las tortas de almendra y los nazarenos -¡ay nazarenos lo que os echo de menos!- ¡qué no le falte de nada a mi abuela!

La Juana no entiende esto del virus. Ella piensa que una mañana se levantará y todo habrá acabado, como por arte de magia, yo cada miércoles se lo explico, cada miércoles le digo que esto va lento y que tardará su tiempo en desaparecer, pero a la media hora la explicación desaparece de su mente. Ella, con sus 91 años de vida, teme hasta salir a su pequeño balcón por si el bicho le ataca, teme tender las sábanas por si a las sábanas se le pega el bicho. Ella ve la tele todo el día, pero oír, lo que es oír, oye poco; lo que dificulta la situación un pelín más.

La compra del pan la aprovecho para estar con ella durante una hora, no mucho más, porque no quiere que yo esté con ella, por si me lo pega ella a mi, que no al revés eh. ¡Cuánto amor no tendrán las abuelas por nosotros! Piénsenlo.

La Juana es, en gran medida, uno de los pilares más importantes de mi vida. De esta situación lo que peor llevo es no verla todos los días, sino de semana en semana, pero lo que realmente me cuesta es tener que robarle los besos porque se me resiste, no quiere que la bese por si ella me contagia a mi, si, ella a mi, leen bien. Lo que peor llevo es verla como se escabulle de mi, sin apenas fuerzas ni altura, para que no la bese, pero que quieren que les diga; le robaré uno y mil besos mientras que esto dure, porque sus besos son mi cura semanal ante esta pandemia.

Le robaré sus besos para hacer de ellos mi coraza contra el mundo que nos golpea duramente.

Mientras esto dure, cada miércoles al mediodía, iré tan solo provisto de mi amor para robarle los besos a mi abuela, la Juana.

Sobreviviré.

José María Cámara Salmerón

Cofrade y Soñador

17/5/13

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