Si algo nos llevaremos de este octubre de nuestras vidas que se va, será, sin lugar a dudas, la Esperanza en nuestras calles. Octubre nos regaló un primer fin de semana para la historia de Cieza, su Semana Santa y sus cofradías. La salida extraordinaria de los Hijos de María junto a su Madre nos regaló un 4 de octubre inolvidable para todos aquellos que contamos los años de Jueves Santo en Jueves Santo. En la mente de todos quedará esa magnífica petalada en la casa fundacional de la cofradía o su procesionar, pausado, sin prisas, sin estridencias, por las estrecheces de la Calle Larga o Buitragos, plena de saber andar y de ciezania. En fin, el 4 de octubre quedó para el recuerdo, pero el 5 de octubre marcó nuestras vidas a unos pocos privilegiados. La Misa de Alba de este 50 aniversario nos llenó ya no solo el espíritu cofrade, sino también el alma más profunda de todos aquellos que tenemos claro que »A Jesús por María».
La RAE define el término extraordinario de la siguiente manera: ‘’ Fuera del orden o regla natural o común’’. Y eso fue, ni más ni menos, lo que ayer en Cieza vivimos, algo fuera de lo común. Una simbiosis perfecta entre cualquier Jueves Santo de nuestras vidas y un 4 de octubre que, indudablemente, quedará para el recuerdo de todos aquellos que se sienten Hijos de María.
Fue un sábado de octubre de hace 11 años cuando, incluida en la magna procesión organizada por la Junta de Hermandades Pasionarias, Nuestra Señora de Gracia y Esperanza salía a las calles de Cieza bajo un cielo de estrellas y vestida con lo más especial de la huerta murciana. En aquel día todos celebrábamos el centenario de la entidad madre de la Semana Santa de Cieza, la Junta de Hermandades Pasionarias. Ayer, once otoños después, volvió a reinar la Esperanza en las calles de Cieza, pero reinó para celebrar los cincuenta años de su hermandad, que no de Ella, porque, mientras la vida caminaba por otros derroteros, Ella era ya la eterna novicia del Monasterio de la Inmaculada Concepción, las Clarisas. Fue en esa santa casa donde, en sus cámaras altas, esperaba la visita que cambiaría su destino. Del Rosario y la clausura, a las calles, la devoción y el amor más excelso que se le puede tener a una madre. Ramón García, Jesús Hernández, Francisco Moisés López, Manuel Eloy-Semitiel, Juan Villalba, Inmaculada Guirao, Francisco Hernández, Juan Antonio Angostos, Manolo Abellán, Antoñina Ortiz, Diego Guardiola y los hermanos Paco Marín y Enrique Marín, entre otros, cambiaron para siempre el destino de aquella Virgen del Rosario que ejecutó Manuel Carrillo García en 1930, pero lo que no sabían es que también cambiaron para siempre la vida de tantas y tantas personas que en Nuestra Señora de Gracia y Esperanza han encontrado, como publicó Isa Villalba en su Instagram,’’ el ancla del alma’’.
La vida bien podría resumirse en ese tiempo que transcurre entre el Domingo de Resurrección y el traslado de los Hijos de María. Pasa el tiempo, pasan los días, los sueños, las horas y los tormentos, pero, indudablemente, Cieza sabe esperar a que la cancela del monasterio vuelva a abrirse, suene ‘’Mayor Dolor’’ y la Gracia y la Esperanza inunden nuestra tierra dichosa. Desde Cagitán hasta la Sierra de Ascoy, sin dejar de inundar un solo centímetro de los dones de la que, hace 50 años, salió de las cámaras altas de un templo para pasar a la eternidad siendo MADRE DEL JUEVES SANTO.
Lo anunciaban las nuevas generaciones de anderas que, haciendo a sus madres estallar en un orgullo casi equiparable al del parto, acudían al encuentro de la Llena de Gracia. Lo proclamaba el sacerdote, D. Joaquín Miguel Hernández, a través de la prosa: ‘’Ver su mirada es como ver una estrella fugaz, como un rayo de luz que nos lleva a la eternidad’’, lo advertía el nuevo estandarte de la cofradía, realizado por Arte Sacro Alcántara (Jaén) y lo anunciaba algo tan normal como es el cartel de prohibido aparcar. Motivo: PROCESIÓN. Sobran las palabras al leer tal anuncio.
La jornada de ayer, como de nuevo señalaba D. Joaquín, ‘‘prueba ya las mieles y el anticipo de su semana más grande y más festiva’’ y nos hace ser conscientes de que un nuevo año ha sido tachado del calendario, permitiéndonos, gracias a Ella, volver a sentirnos Hijos de María, de tarja o de corazón. Al final, todos somos de Ella, porque Ella es la que abre las puertas del ciclo pasional que tanto esperamos y es la eterna novicia que hace cincuenta años pasó de ser Rosario a ser Gracia y Esperanza. En esos inicios, en esa transición de gloria a pasión, siempre estuvieron vigilantes las Hermanas Clarisas. Decía Morales Balsalobre, que ‘’en sus manos cabe toda la Semana Santa’’ y habría que añadir, también caben cincuenta años de historia policromada del verde de los olivos y del blanco de la pureza. Ayer los herederos de su legado quisieron ser agradecidos, nombrando Hermanas de Honor 2025 a la comunidad de Clarisas de donde una vez partió su estrella de la mañana para, en la eternidad, ser la monjita más guapa de nuestra tierra amada. Sin las Clarisas nada de esto existiría, no habría Jueves Santo ni traslado ni Rosarios. La nada más absoluta quedaría entre nosotros hasta encontrar algún camino que, en el ocaso de nuestros días, nos llevara hasta sus nacaradas carnaciones.
(Crónica del Traslado de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza. Cuaresma 2024).
Pese a la repetición del rito, siempre hay algo que lo hace diferente al de años anteriores, siempre hay algún hecho diferencial que hace que guardemos en nuestros recuerdos esos momentos para el resto de nuestros días. 330 días después de que la Virgen del Amor Hermoso cerrara la Semana Santa de Cieza 2023, los Hijos de María volvieron a abrir la cancela que conduce a las procesiones de este nuevo ciclo pasionario que está por llegar. Como me escribió ayer Mari Cruz Villa: ‘’Hoy empieza todo’’.
Las hermandades deben ser lugares de confraternización, reencuentro, cariño y devoción filial hacia una sagrada imagen. Todo lo que se salga de eso, no es hacer hermandad. De esto mismo, de hacer hermandad, aun cuando todo se torna oscuridad, bien sabe el nuevo hermano de honor de la Real Cofradía de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza, D. José Joaquín Alba Gómez, un hombre que bien podría personificar aquella célebre frase promocional que nació en los 90, ‘’A Cieza por su Semana Santa’’. Él, presidente cuando nadie confiaba y cuando nadie tenía el valor de mirar a su Madre a los ojos, fue la persona que ayer recibió, quizás, una de las más altas distinciones de esta cofradía que ya vislumbra en el horizonte su 50 aniversario. Siempre con Cieza en la mirada y su corazón anclado en el Jueves Santo. Ese Jueves Santo al que siempre volver y al que amarrar cada segundo de tu vida. Su nombramiento tuvo lugar tras la entronización de la imagen titular de la cofradía que, mecida al compás de ‘’La Esperanza de María’’ (atisbo que será la marcha revelación de la Semana Santa de Cieza 2024), fue colocada en su altar de plata para dar inicio a un nuevo ciclo de procesiones. Un ciclo donde se aúna lo antiguo y lo nuevo, los mayores, los jóvenes y las nuevas vidas, como la de Martina. Apenas tiene dos meses de vida y ya luce la túnica del verde de la Esperanza y el blanco de la pureza de María.
Sé que estabas, yo sé que tú estabas en Ella; por eso, dos años no son nada si mi puerto es tú mirada y mi consuelo el sentirte cerca.
‘’Tenia cuatro añicos, ella nunca ha visto el Rosario, ella no sabe. Ya le he explicado el Rosario, el mes de octubre y todo eso ‘’ Esta es la transcripción, literal, de un audio que me mandó una madre, muy dormijosa ella, cuando octubre comenzó a despuntar en el rostro nacarado de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza. La realidad nos ha demostrado, una vez más, que el rito vuelve a brotar cada vez que la campana de un trono resuena en los corazones de los ciezanos.
Octubre se ha despedido hoy en la imagen de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza. Un mes donde, cada domingo, la titular de los Hijos de María ha recorrido, una a una, las diferentes parroquias de Cieza. Ha pasado demasiado tiempo sin que los cofrades del Jueves Santo por excelencia, el de mantilla, campanillas, candelería, Calle Mesones y verde esperanza pudieran ver a su Madre iluminada por el astro rey, el Sol.
Octubre volvió a desperezarse cuando la Virgen de los Hijos de María, como popularmente se le conoce, volvió a cruzar el dintel del Monasterio de la Inmaculada Concepción para, sobre su trono plateado, recordarnos tantas y tantas cosas que han pasado a lo largo de estos dos años de espera y dolor. Muchos tuvimos clavado en el pecho la espada del recuerdo de quien, desde pequeño, nos inculcó la ancestral tradición del Santo Rosario; otras personas caminaron poniendo en Ella la esperanza de una pronto recuperación para quien, cada noche, la arropa en la cama.