@JoseMariaCamara
Desde mi ventana puedo divisar el bloque de pisos de enfrente. En él, cada atardecer, el sol pinta las fachadas del dorado resplandor de las últimas horas del día. Cada día, a la misma hora, la luz del sol se estampa contra las ventanas de ese bloque de pisos y rebota directa hacía la pared de mi ventana. Hoy, ese reflejo es el único recuerdo de los atardeceres primaverales. Hoy, solo eso me permite recordar otros tiempos donde el final del día era festejado como un aprobado en el bachiller.
De mi tierra me gusta todo, no sería capaz, nunca, de reconocer un algo especial que me guste más que otra cosa. Me gustan sus gentes, sus fiestas, sus tradiciones, sus calles, sus casas abandonadas, su naturaleza, sus otoños y sus atardeceres. Sus atardeceres me pierden, me parecen lo más bonito que la vida me puede regalar cuando la primavera llega a nuestras vidas. Ansío como un niño la llegada de las ocho de la tarde para salir desbocado a encontrarme con el atardecer en pleno Paseo Ribereño. El tono anaranjado de la inclinación solar lo baña todo. Es el mejor momento para fotografiar a mi tierra. Es cuando más disfruto de la fotografía de atardecer. Abril, mayo, junio, e incluso julio, se convierten en mis meses preferidos para deleitarme con el atardecer. ¡No hay otros atardeceres como los de esos meses! El cambio de temperatura pinta unos cielos inigualables bañados en rojos intensos, como la sangre, naranjas como los de la fruta y amarillos como los de la Ermita del Santico. Los atardeceres de esos meses son los atardeceres que ningún día del año olvido, siempre los espero como agua de mayo. Todo cobra sentido cuando ellos llegan, todos los ciezanos acudimos al Paseo Ribereño a saludarnos y a socializar. Nos gusta socializar mientras nos doran los últimos rayos de la tarde.
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