@JoseMariaCamara
Recuerdo aquellas cálidas tardes del mes de febrero. Recuerdo aquellos años duros de la posguerra española cuando mi abuela con sus amigas me hablaban de su Cristo Moreno. No sabía de que me hablaban, pues apenas contaba con cinco años, la década de los cincuenta llamaba a la puerta.
Apenas tenia los cinco años recién cumplidos cuando comencé a tener consciencia y cada primer viernes de marzo acudía al Convento a besarle los pies al Señor de Géneros de Punto, por que mi abuela dice que ella y seiscientas noventa y nueve personas más pagaron a ese hombre. ¡Que cosas decía mi abuela!. Yo apenas recuerdo cuando subía las escaleras del Convento y miraba con miedo a ese hombre que en el altar estaba muy morenito, como de trabajar en la huerta ciezana. Me daba mucho miedo, pero mi abuela siempre me acercaba a el para besarle los pies. ¡Rompía a llorar y no había forma de que le diera una simple peseta!. Mi abuela Inmaculada siempre me decía que no le tuviera miedo, que ese hombre era Cristo, y era el Cristo de media Cieza, pero mi tierna juventud no entendía que eso que había ahí no era más que una talla de un señor malagueño que había venido por el pueblo. Palma Burgos se llamaba, Paco Palma popularmente. Yo solo veía un Señor atado de manos, con mirada suplicante, tez morena y sangre en su dulce rostro, no distinguía si talla o carne, pero si supe que gracias a mi abuela Inmaculada en mi creció la devoción, o tradición, de acudir cada primer viernes de marzo a besarle los pies al Medinaceli de Cieza.